Vamos a modificar un texto utilizando un lema, una idea que lo vaya cambiando poco a poco. Es un ejercicio de estilo aplicado varias veces sucesivas.
Por ejemplo: " cada vez más grande ", " cada vez más triste ", " más feo " ,etc.
Observa el siguiente proceso, elige un texto de los que te ofrezco y modifícalo, al menos, tres veces, como en este, pero con otro lema. Subraya las palabras que vas a cambiar en el texto siguiente.
"cada verdad más pequeño "
I.” Una vuelta “, se dijo.
Tiró, como siempre, por la calle de enfrente.
A la derecha había un campo de hockey ; más allá, uno de tenis, y, por detrás, como otras muchas veces, vio pasar un tren pequeño, rápido, con un penacho de humo rozagante que se quedaba atrás olvidado .Torció a la derecha y cruzó las vías y, al llegar a la calle principal, en la tienda de la esquina, compró tabaco.
II.” Una vuelta “, se dijo.
Tiró, como casi siempre, por el camino de enfrente.
A la derecha había un campo de petanca; más allá uno de tenis y, por detrás, como la otra vez, vio pasar una máquina pequeña, rápida, con un penacho rozagante de humo que se quedaba atrás olvidado. Corrió a la derecha y cruzó la vía y, al llegar a la calle secundaria, en el quiosco de la esquina, compró unos cigarros.
III. "Una vuelta", se dijo.
Tiró, como a veces, por el camino de enfrente.
A la derecha había un campo petanca y de canicas, y por detrás, como una vez, vio pasar un maquinista pequeño, rápido, con un penacho rozagante que se quedaba atrás olvidado. Torció a la derecha y cruzó el raíl y al llegar a la vereda, en el puestecito de la esquina compró un cigarro.
IV. "Una vueltecita", pensó.
Tiró por la vereda de enfrente. A la derecha había habido un campo de petanca, y, por detrás había pasado alguna vez un ayudante de maquinista minúsculo, con un penacho que se quedaba atrás. Miró a la derecha y vio el raíl y, al llegar, en la esquina olió un cigarro.
V. Tiró de frente. Detrás del campo había unas huellas y una pluma detrás. Miró a la derecha, intuyó el carril y en la esquina recordó el olor de un cigarro.
VI. “ Media vuelta ", se dijo.
1. Mi padre se llamaba Esteban Duarte Diniz, y era portugués, cuarentón cuando yo niño, y alto y gordo como un monte. Tenía la color tostada y un estupendo bigote negro que se echaba para abajo. Según cuentan, le tiraban las guías para arriba, pero, desde que estuvo en la cárcel, se le arruinó la prestancia, se le ablandó la fuerza del bigote y ya para abajo hubo que llevarlo hasta el sepulcro. Yo le tenía un gran respeto y no poco miedo, y siempre que podía escurría el bulto y procuraba no tropezármelo; era áspero y brusco y no toleraba que se le contradijese en nada, manía que yo respetaba por la cuenta que me tenía.
C. J. Cela
2. María Cristina era muy guapa; aunque no tanto si le hubiera faltado aquel encanto y gracia personales que cultivó toda su vida. De estatura poco más pequeña que mediana, sus proporcionadas líneas le hacían parecer más alta. Muy airosa, elegante, de exquisitos modales y de amabilidad encantadora, favorecía por igual al más encastillado cortesano que a la última criada de palacio. Erguida y majestuosa cuando era preciso, mostrábase cordial y sencilla con los humildes.
(Concha de Marco: Descripción de la reina María Cristina de Borbón a partir del retrato pintado por Vicente López)
3.- Retrato de un maestro (Aprendo a redactar. Jesús Pérez González y Mª Luisa Cañada Gómez)
De repente, la puerta se abrió y apareció un hombre diminuto. Para todos fue una sorpresa. Tendría unos setenta años y en su cara de color oscuro, llena de arrugas, destacaban unos ojos negros y brillantes. Tenía los pies pequeños y andaba despacio. Se colocó enfrente de nosotros y dijo: “Ya estoy aquí, ¿me esperabais tan pronto?” Su voz era suave pero transmitía cierta energía.
En silencio, nos miramos de reojo. No era como habíamos imaginado, pero a todos nos gustó. Más tarde comprendimos por qué: era una persona afable y comprensiva. Escuchaba a todos con paciencia y tenía siempre una respuesta inteligente a nuestras preguntas. Trabajaba mucho y nos hacía trabajar, pero era tan ameno que en su clase las horas volaban. Así era nuestro profesor.
4.- EL TÍO LUCAS (Pedro Antonio de Alarcón. El sombrero de tres picos)
El tío Lucas era más feo que Picio. Lo había sido toda su vida, y ya tenía cerca de cuarenta años. Sin embargo, pocos hombres tan simpáticos y agradables habrá echado Dios al mundo. Lucas era en aquel entonces de pequeña estatura, un poco cargado de espaldas, muy moreno, barbilampiño, narigón, orejudo y picado de viruelas. En cambio, su boca era regular y su dentadura inmejorable. Dijérase que sólo la corteza de aquel hombre era tosca y fea; que tan pronto como empezaba a penetrarse dentro de él aparecían sus perfecciones, y estas perfecciones principiaban por los dientes. Luego venía la voz, vibrante, elástica, atractiva.
Llegaba después lo que aquella voz decía: todo oportuno, discreto, ingenioso, persuasivo.
5.- DON PACO (Juan Valera. Juanita la Larga)
Aunque había cumplido ya cincuenta y tres años, estaba tan bien conservado, que parecía mucho más joven. Era alto, enjuto de carnes, ágil y recio; con poquísimas canas aún; atusados y negros los bigotes y la barba; muy atildado y pulcro en toda su persona y traje; y con ojos zarcos, expresivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente, que los tenía sanos, firmes y muy blancos e iguales.
Pasaba D. Paco por hombre de amenísima y regocijada conversación, salpicada de chistes, con que hacía reír sin ofender mucho ni lastimar al prójimo, y por hábil narrador de historias, porque conocía perfectamente la vida y milagros, los lances de amor y fortuna, y la riqueza y la pobreza de cuantos seres humanos respiraban y vivían en Villalegre y en veinte leguas a la redonda.
6.- TÍO MOCEJÓN (José María Pereda. Sotileza)
Tío Mocejón, el de la calle Alta, era un marinero chaparrudo, rayano en los sesenta, de color de hígado con grietas, ojos pequeños y verdosos, de bastante barba, casi blanca, muy mal nacida y peor afeitada siempre, y tan recia y arisca como el pelo de su cabeza, en el cual no entraba jamás el peine, y rara, muy rara vez, la tijera. Tenía los andares como todos los de su oficio, torpes y desplomados; lo mismo que la voz, las palabras y la conversación. El mirar, en tierra, oscuro y desdeñoso. En tierra, digo, porque en la mar, como andaba en ella, o por encima o alrededor de ella veía cuanto en el mundo podía llamarle la atención, ya era otra cosa. El vil interés y el apego instintivo al mísero pellejo, le despertaban en el espíritu los cuidados; y no hay como la luz de los cuidados para que echen chispas los ojos más mortecinos. En cuanto a genio, mucho peor que la piel, que la barba, que las greñas, los andares y la mirada: no por lo fiero precisamente, sino por lo gruñón, y lo seco, y lo áspero, y lo desapacible
7.- JORGE, (Antonio de Castro)
Jorge era un muchacho algo tímido que encontraba en el baile la mejor terapia para sus complejos, contradicciones y depresiones de adolescente. Él no necesitaba alcohol ni ningún otro tipo de drogas más o menos fuertes para sentirse a gusto consigo mismo y con los demás. Le bastaba un poco de música y un poco de espacio. Además, cuando bailaba se liberaba de su natural timidez y se sentía con ánimos para hablar y comunicar sus más profundos sentimientos. Aunque su mejor forma de expresión era, evidentemente, el movimiento.
8.- LUCÍA
Lucía estaba sola… Y no es que Lucía fuera una mujer fea o de carácter insoportable, aunque tampoco pueda decirse que era una venus objetivamente maravillosa. Lucía era algo bajita, pero bien proporcionada, pelirroja y pecosilla, con grandes ojos marrones de expresiva mirada, nariz pequeña y labios de sonrisa fácil y sincera. Simpática y de agradable charla, tenía un pronto de mil demonios cuando algo le molestaba, para olvidarse al rato del mal momento y seguir como si nada hubiera pasado. Amiga de sus amigos, era una mujer a la que se entregaba mucha gente, que también lo recibía todo de ella.
9.- Retrato de un cliente (Camilo José Cela)
Pepe se acerca al cliente y éste se levanta con lentitud. Es un hombrecillo desmedrado, paliducho, enclenque, con lentes de pobre alambre sobre la mirada. Lleva la americana raída y el pantalón desflecado. Se cubre con un flexible gris oscuro*, con la cinta llena de grasa, y lleva un libro forrado de papel de periódico debajo del brazo.(...)
El hombre no es un cualquiera, no es uno de tantos, no es un hombre vulgar, un hombre del montón, un ser corriente y moliente; tiene un tatuaje en el brazo izquierdo y una cicatriz en la ingle. Ha hecho sus estudios y traduce algo de francés.
*Sombrero de fieltro
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