Para poder escribir cinco posibles artículos argumentando a favor de uno u otro texto (o de ninguno) de los que te propongo a continuación vamos a establecer cinco tesis diferentes.

Ejemplos:

Tesis 1: No es fácil criticar lo que se desconoce.

Tesis 2: Cuando la pasión nos ciega, las razones se inventan.

Tesis 3: El hombre, como parte de la creación, no puede decidir sobre la vida de los animales.

 

Mitos sobre la tauromaquia
(...)


El primer mito es el de la presunta agresividad del toro. El toro español no sería un bovino de verdad, sino una especie de fiera agresiva, un -toro bravo‖. Pero eso es completamente falso. El toro es un rumiante pacífico que solo desea escapar de la plaza, huir de los matarifes, volver a pastar y a rumiar en paz. Todos los problemas de la corrida vienen de que su planteamiento se basa en fingir un combate que no existe. Dos no se pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear.

Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas a las que se somete al pacífico bovino, a fin de irritarlo, lacerarlo y volverlo loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear. Ya antes de aparecer en público, es sometido a una preparación irritante. A pesar de todo, al salir al ruedo, el toro, siguiendo su tendencia natural, se quedaría quieto o trataría de huir o se quedaría de cara a la puerta cerrada. Para evitarlo, se le clava la divisa, un doble arpón hendido en sus carnes para despertarlo y provocar una agresividad de la que carece. En la suerte de varas el picador martiriza la toro hundiendo su tremenda garrocha en su carne, rompiéndole los músculos del cuello y produciéndole enormes heridas por la que la sangre brota a borbotones. El resto de la corrida se lleva a cabo con el toro chorreando sangre. La corrida continúa con el tercio de banderillas, en que se le van clavando palos con arpones de acero. Como los toros son pacíficos herbívoros, a pesar de los terribles puyazos que sufrían en la corrida, con frecuencia se quedaban quietos y -no cumplían‖ con las expectativas de la plebe soez que los contemplaba. Como -castigo‖ se le ponían al toro banderillas de fuego, es decir, cartuchos de pólvora y petardos, que estallaban en su interior, quemándole las carnes y exasperando aún más su dolor, a ver si así se decidía a embestir.

En 1928, el general Primo de Rivera acudió en ese año a una corrida en Aranjuez con una dama francesa, que quedó espantada por la crueldad del espectáculo y por los intestinos de caballo que cayeron a su lado. Ese mismo año se introdujo el peto para los caballos y se suprimieron las banderillas de fuego, sobre todo para no horrorizar a los extranjeros, a los que se suponía una sensibilidad menos embotada que a los encallecidos aficionados hispanos. De todos modos, el actual reglamento taurino prevé que sigan empleándose banderillas negras o -de castigo‖ con arpones todavía más lacerantes para castigar aún más al pobre bovino desgarrado en sus carnes y desangrado, -culpable‖ de mansedumbre y de no simular ser el animal feroz que no es.

El segundo mito es que el torero corre un gran riesgo toreando a un animal de tamaño mucho mayor que él. De hecho, el riesgo del torero es mínimo. Toda la corrida es un simulacro de combate, no un combate. El torero encarga que se prepare, debilite, desgarre y destroce al toro antes de enfrentarse a él. Los picadores con frecuencia se ensañan con el toro hasta tal punto que este ya no puede ni mantenerse en pie y se cae al suelo. Los toros que se caen son un gran problema de los taurinos. Todos los gestos amanerados de la corrida son pura farsa. El torero se acerca para que el toro no lo vea, no para mostrar valor, y el mayor riesgo que corre es el de ser herido por las banderillas que sus propios banderilleros le han clavado al bovino. Cuando el torero se arrodilla ante el toro en una pose de teatral coraje, en realidad no corre ningún peligro, pues el toro lo interpreta como un gesto de sumisión que le impide atacarlo. El toro no entiende nada de lo que pasa en la corrida y el torero, que se las sabe todas, puede pedir la devolución del toro, si sospecha que ya haya participado en otra corrida y pueda haber aprendido algo. La mayor parte de las víctimas humanas que producen las diversas fiestas de toros, corre-bous y encierros son el resultado de caídas y accidentes autoprovocados, que tienen más que ver con el estado de intoxicación etílica de los participantes que con la presunta peligrosidad del bovino acribillado. En cualquier caso, las estadísticas muestran que cada año mueren varios miles de toros en los diversos festejos taurinos, mientras que la gran mayoría de los años no muere ningún torero. El riesgo objetivo es mínimo.

(...)

Jesús Mosterín

 

¡¡RETO A MOSTERÍN!!

Haciéndome eco del malestar producido entre los amantes de la fiesta de los toros por las continuadas mentiras y falacias que sobre ella viene vertiendo el profesor de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC, Jesús Mosterín, me veo en la obligación de salir al paso de tan descarada campaña de difamación para frenar lo que considero una tergiversación inadmisible de la realidad.
Como ejemplo, tomaré algunas de las frases que el profesor Mosterín se permite escribir en su artículo ‘Farsa y mitos de la Tauromaquia', publicado en el nº 214 (julio-agosto 2010), de la revista literaria ‘LEER', en cuyo texto -salpicado de errores históricos garrafales-, el Sr. Mosterín afirma que:
1º) "El primer mito es el de la presunta agresividad del toro. El toro español no sería un bovino de verdad, sino una especie de fiera agresiva, un "toro bravo". Como rumiante que es, el toro es un especialista en la huida, un herbívoro pacífico que sólo desea escapar de la plaza y volver a pastar y rumiar en paz".
2º) "Al salir al ruedo, el toro, siguiendo su tendencia natural, se quedaría quieto o se quedaría de cara a la puerta cerrada", si no fuera, continúa, porque, para evitarlo, antes "se le clava la divisa".
3º) "El segundo gran mito es que el torero corre un gran riesgo toreando a un animal de tamaño mucho mayor que él. De hecho el riesgo del torero es mínimo. Toda la corrida es un simulacro de combate, no un combate."
4º) "El torero se acerca para que el toro no lo vea, no para mostrar valor, y el mayor riesgo que corre es el de ser herido por las banderillas."
5º) "Cuando el torero se arrodilla ante el toro en una pose de teatral coraje, en realidad no corre ningún peligro, pues el toro lo interpreta como un gesto de sumisión que le impide atacarlo."
Ante tales consideraciones, yo, Santiago Ortiz, mayor de edad y en pleno uso de mis facultades mentales, RETO públicamente a Jesús Mosterín para que, en virtud del racionalismo y espíritu científico de esa Ilustración que él tanto invoca y a la que me sumo, demuestre en la práctica las aseveraciones que se permite formular acerca de la no agresividad del toro de lidia y de la inexistencia de riesgo para el hombre que se le ponga delante de no mediar esa "panoplia de torturas a las que se somete" al animal.
Para lo cual propongo:
1º) Que el señor Mosterín, acompañado de personal de su confianza, se traslade conmigo, y ante los medios de comunicación que deseen estar presentes, a una ganadería brava de cuyo propietario se haya obtenido el correspondiente permiso (de lo cual yo me encargo).
2º) Que, una vez en ella, los vaqueros de la finca encierren un toro en un corral abierto y lindante con la placita de tientas. Toro que será custodiado por el personal del señor Mosterín para garantizar que nadie le moleste o incurra en cualquier tipo de "torturas" para irritarlo.
3º) Que transcurrido un tiempo razonable, con el beneplácito del profesor Mosterín se le abra al toro la puerta de la plaza, dirigiéndole a ella y se le encierre dentro.
4º) Que en la plaza no se someta al toro a castigo alguno. No habrá, pues, divisa, varas ni tampoco banderillas, éstas sobre todo para no poner en peligro la integridad física del señor Mosterín.
5º) Que el señor Mosterín se comprometerá a esperarlo en el ruedo; cosa que se supone llevará a cabo sin el menor riesgo, ya que, si como él mantiene "dos no pelean si uno no quiere", menos pelearán en este caso, pues serían ambos -el pacífico bovino (según Mosterín) y el propio filósofo- los que no desearían la pelea.
5º) Si por cualquier casualidad, se observara cierta irritación en el toro, tampoco deberá ser esto motivo de alarma, pues, poniéndose el señor Mosterín de rodillas, el animal aceptaría el gesto como de sumisión y acatamiento y renunciaría a embestirle, como el profesor afirma.
Eso es todo.
Aceptando este reto, el profesor Mosterín tendría una oportunidad única para demostrar experimentalmente la veracidad de sus afirmaciones, cosa que de cumplirse no sólo me obligaría a reconocer públicamente mi error y a expresarle del mismo modo mis disculpas, sino que otorgaría a la causa antitaurina una fuerza y credibilidad extraordinarias. En caso contrario, el señor Mosterín estaría obligado a desdecirse públicamente de sus afirmaciones y reconocer que éstas no se atienen a la verdad.
Ahora bien, si el señor Mosterín rehusara recoger este guante, no sólo ratificaría mis sospechas de que es un simple embaucador, sino que quedaría por embustero (también por cobarde) ante todas las personas de buena voluntad que han venido creyendo en sus palabras.
Sr. Mosterín, el reto está lanzado. Ahora le toca a usted mover ficha.

Fdo: Santi Ortiz